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Consultoría turistica y la relación con el cliente
  • Marketing Turístico

Acabando con la farsa de que «el cliente siempre tiene la razón»

  • 23 junio, 2026
  • Andrés Romero
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Una relación sana entre empresa y agencia no se construye desde la obediencia ciega, la desconfianza o la urgencia permanente, sino desde el respeto, la profesionalidad, la transparencia y una visión compartida del trabajo. Decir no a un cliente no es soberbia: a veces es la forma más responsable de proteger el criterio profesional, cuidar al equipo y construir proyectos turísticos con verdadero sentido.

Durante mucho tiempo se ha repetido una frase que, en apariencia, suena bien: “el cliente siempre tiene la razón”. Su origen se sitúa habitualmente en el comercio minorista de principios del siglo XX, asociado a empresarios como Marshall Field, Harry Gordon Selfridge o John Wanamaker. En aquel contexto, la frase tenía sentido como reacción a una cultura comercial en la que el consumidor podía sentirse desprotegido frente al vendedor. La idea era clara: escuchar al cliente, tomar en serio sus quejas y evitar que se sintiera engañado o desatendido (O’Toole, 2015; Snopes, 2025).

El problema aparece cuando esa frase se traslada sin matices a cualquier relación profesional. En consultoría, y especialmente en consultoría turística, el cliente no siempre tiene la razón. Lo que siempre merece es respeto, escucha, honestidad y una respuesta profesional. Y precisamente por eso, a veces, hay que decirle que no.

Decir no a un cliente no debería verse como un gesto de soberbia. Tampoco como una falta de orientación al servicio. En muchos casos es justo lo contrario: una forma de cuidar el proyecto, proteger el criterio profesional, respetar al equipo y evitar que una relación nazca desde un lugar equivocado.

Con los años he aprendido que elegir con quién trabajas también forma parte del modelo de negocio. No todos los clientes encajan con todas las agencias. No todos los proyectos tienen sentido. No todas las relaciones profesionales merecen sostenerse a cualquier precio.

Y cuanto antes se entiende esto, menos energía se pierde en batallas que, desde el principio, ya estaban bastante perdidas.

Escuchar al cliente no significa ser su siervo 24/7

Una buena consultoría no consiste en imponer una verdad absoluta. Tampoco en actuar como si el consultor supiera más que nadie sobre el negocio del cliente. Muchas veces nos llegan proyectos donde no conocemos al cien por cien la oportunidad real que existe en el mercado. Sería muy poco honesto fingir lo contrario.

Pero sí podemos aportar método, prudencia y criterio. Podemos ayudar al cliente a reflexionar sobre su idea, validar una oportunidad, analizar mejor a su buyer persona, revisar sus costes, plantear escenarios, estudiar riesgos y construir una base más sólida antes de invertir tiempo, dinero y energía en una dirección concreta.

Eso, para mí, es consultoría con criterio. No es decir siempre que sí. No es alimentar la ilusión del cliente si no hay datos suficientes. No es vender seguridad cuando lo que existe es incertidumbre. Es acompañar una decisión con más información, más reflexión y menos impulsividad.

Hay clientes que llegan buscando orientación. Otros llegan buscando validación. Y son cosas muy distintas.

El cliente que busca orientación suele estar dispuesto a escuchar, contrastar y mejorar. El cliente que solo busca validación quiere que le confirmes lo que ya ha decidido, aunque la idea sea débil, aunque el presupuesto no tenga sentido, aunque el producto no esté preparado o aunque la estrategia descanse sobre una promesa que no se puede cumplir.

Ahí empieza el verdadero problema. Porque cuando una agencia deja de asesorar y se limita a obedecer, la relación deja de ser consultoría y se convierte en ejecución sin criterio.

La ética profesional en consultoría insiste precisamente en esta idea: el consultor debe actuar con integridad, independencia, objetividad, competencia y respeto hacia el cliente, pero también hacia la profesión y hacia las personas afectadas por su trabajo (ICMCI, 2021; IMC USA, 2026). Dicho de otra forma: asesorar no consiste en obedecer, sino en aportar criterio.

El problema NUNCA es el dinero

Conviene dejarlo claro: las empresas deben ser rentables. Un alojamiento, una agencia de viajes, un restaurante, un destino o una empresa de experiencias necesitan ingresos, margen y sostenibilidad económica. No hay proyecto sólido sin números.

Pero la rentabilidad no está reñida con hacer las cosas bien. Tampoco con generar un impacto social o ambiental positivo. De hecho, espero que cada vez más consumidores valoren no solo qué compran o cuánto pagan, sino también cómo actúan las empresas a las que eligen.

La rentabilidad no es el enemigo. El problema aparece cuando el beneficio económico se convierte en el único criterio de decisión.

El problema aparece cuando el beneficio económico se convierte en el único criterio de decisión

En turismo esto es especialmente delicado. No vendemos únicamente habitaciones, excursiones, menús, actividades o campañas de captación. Vendemos expectativas. Vendemos descanso. Vendemos tiempo libre. Vendemos ilusión. Vendemos confianza online. Vendemos momentos que muchas personas llevan meses esperando.

Por eso me cuesta aceptar una visión del turismo reducida a una lógica puramente extractiva, como si lo único importante fuera captar, vender, exprimir y pasar al siguiente cliente.

El turismo tiene una dimensión económica evidente, pero también tiene una dimensión humana, territorial, cultural y ambiental. El Código Ético Mundial para el Turismo recuerda que el desarrollo turístico debe servir como marco de referencia para los distintos agentes del sector, buscando maximizar sus beneficios y minimizar sus impactos negativos sobre el entorno, el patrimonio cultural y las sociedades receptoras (UNWTO, 1999).

Cuando esto se olvida, el marketing se convierte en una capa de pintura sobre un producto sin alma.

El marketing no puede arreglar un mal servicio

En los últimos años muchos clientes se han obsesionado con la inteligencia artificial, los chatbots, las redes sociales, las automatizaciones y las últimas herramientas de moda. Todo eso puede ser útil, por supuesto. En algunos casos, muy útil.

Pero ninguna herramienta sustituye la base. Y la base del marketing turístico sigue estando en construir un buen producto, prestar un buen servicio, escuchar al cliente, mejorar de forma continua y crear una experiencia que haga que las personas quieran volver, recomendar y confiar.

A partir de ahí, la comunicación es mucho más sencilla; las reseñas mejoran, lconversión mejora, la repetición aumenta, los márgenes pueden crecer y el relato de marca se vuelve más creíble porque no nace de una promesa artificial, sino de una experiencia real.

La conocida Service-Profit Chain plantea precisamente una relación entre la calidad interna del servicio, la satisfacción de los empleados, el valor entregado al cliente, la fidelidad y la rentabilidad (Heskett et al., 1994). Aunque esta idea se formuló en un contexto amplio de empresas de servicios, encaja especialmente bien en turismo: cuidar el servicio no es solo una cuestión ética, también es una decisión empresarial.

El problema aparece cuando se quiere racanear en el servicio, invertir poco en fotografía y vídeo, no analizar bien los costes, hablar de sostenibilidad sin prácticas reales detrás o vender una experiencia turística que luego no se sostiene en la realidad.

Hay negocios que quieren más reservas, pero no quieren revisar su propuesta de valor. Quieren más leads, pero no quieren mejorar su web. Quieren campañas rentables, pero no entienden sus costes. Quieren mejores reseñas, pero no escuchan las quejas. Quieren hablar de sostenibilidad, pero sin cambiar nada relevante en su forma de operar.

Los negocios siempre quieren más ventas, pero no tienen tanta decisión a la hora se sentarse delante de un espejo y analizar su propuesta de valor

Puede amplificar una buena propuesta, pero también puede dejar en evidencia una mala. Porque hoy casi todo es medible, opinable y contrastable. Los datos, las reseñas, la tasa de repetición, la conversión, el coste de adquisición y la satisfacción del cliente acaban contando una historia. Y no siempre coincide con la historia que la empresa quiere contar.

La confianza no es opcional en la relación cliente-proveedor

Una relación entre agencia y cliente no puede construirse desde la sospecha permanente. La confianza no significa ausencia de control. No significa trabajar sin datos, sin informes, sin seguimiento o sin rendición de cuentas. Al contrario. Una relación profesional sana necesita transparencia, objetivos claros, conversaciones honestas y evaluación de resultados.

Una relación profesional sana necesita transparencia, objetivos claros, conversaciones honestas y evaluación de resultados.

Pero una cosa es pedir claridad y otra muy distinta es obligar permanentemente a la agencia a demostrar la inocencia del acusado.

Desde la literatura organizativa, la confianza se ha explicado como la disposición a asumir cierta vulnerabilidad frente a otra parte, bajo la expectativa de que actuará de forma competente, íntegra y razonable. Mayer, Davis y Schoorman (1995) identifican tres factores clave en esa confianza: capacidad, benevolencia e integridad.

Esto encaja muy bien con la relación agencia-cliente. Si una empresa delega una parte de su estrategia en una agencia, debe existir una base mínima de confianza profesional. Sin ella, cada reunión, cada informe y cada recomendación se convierten en una defensa constante.

Cuando un proyecto empieza desde la desconfianza, todo se vuelve más complicado. Cada recomendación se interpreta como una excusa. Cada dato se recibe con sospecha. Cada decisión se discute desde la tensión. Cada retraso, cada imprevisto o cada resultado que necesita tiempo se convierte en una prueba de culpabilidad.

La agencia debe velar por los intereses del negocio. Debe trabajar con rigor, ser transparente, explicar lo que hace, reconocer lo que no funciona y actuar con responsabilidad. Pero el cliente también debe confiar en el profesional en quien está delegando una parte importante de su estrategia.

Si la confianza no existe desde el inicio, quizá lo más sensato sea no arrancar. No por orgullo. No por comodidad. Sino porque hay relaciones que empiezan torcidas y terminan desgastando a todos.

Hay señales que conviene no ignorar

Con el tiempo uno aprende a detectar señales. No siempre son grandes conflictos. Muchas veces son detalles pequeños, pero reveladores.

Clientes que tratan mal a sus empleados. Clientes que plantean publicidad engañosa. Clientes que no escuchan. Clientes que solo ven su punto de vista. Clientes que pagan tarde y exigen rápido. Clientes que convierten cada urgencia en una frase de cuñado: “esto es para ayer”.

También están los clientes que no respetan al equipo, los que no valoran el trabajo, los que cambian constantemente de criterio sin asumir su parte de responsabilidad o los que quieren resultados imposibles con recursos insuficientes.

Por supuesto, todos podemos tener momentos de tensión. Todos podemos equivocarnos. Todos podemos tener una mala semana. Una relación profesional no se rompe por una fricción puntual.

Pero cuando la falta de respeto, la opacidad, la presión injusta o la desconfianza se convierten en la dinámica habitual, conviene parar.

La investigación sobre agresividad de clientes en entornos de servicio también ayuda a desmontar el mito de que el cliente debe estar siempre por encima de todo. Grandey, Dickter y Sin (2004), en un estudio con empleados de call center, analizaron cómo la agresividad verbal de los clientes podía relacionarse con desgaste emocional y dinámicas laborales negativas. Aunque su investigación no se centra en consultoría turística, sí ofrece una advertencia útil: una cultura donde el cliente siempre gana, haga lo que haga, puede tener costes reales sobre las personas que prestan el servicio.

Y aquí hay algo que para mí es fundamental: el equipo es la base del éxito de cualquier organización.

Si las personas que trabajan contigo no están cómodas con un cliente, hay que escucharlas. Hay que analizar qué está pasando. Hay que intentar poner solución. Pero si no imperan el respeto y la profesionalidad, dejar de trabajar con ese cliente puede ser la decisión más responsable.

Decir no también es una decisión empresarial

Decir no a un cliente da miedo. Sería absurdo negarlo. La primera reacción casi siempre es intentar salvar la situación. Buscar una conversación. Reordenar expectativas. Dar otra oportunidad. Pensar que quizá se puede reconducir. Y muchas veces se puede, porque no todo desacuerdo significa incompatibilidad.

Pero hay una parte de ti que, con la experiencia, aprende a reconocer cuándo algo se va a complicar sí o sí.

Y cuando eso ocurre, seguir adelante puede ser más caro que parar. Más caro en tiempo, en energía, en desgaste emocional, en foco, en reputación interna y en calidad del servicio que prestas a otros clientes.

Primero aparece el miedo a perder facturación. Después, muchas veces, llega la calma de haber tomado una decisión coherente. Decir no no requiere amenazas, dramatismos ni discursos morales. A veces basta con reconocer que hay formas diferentes de ver el mundo, el negocio y la manera de trabajar. Y cuando esas diferencias son profundas, lo más honesto es tomar caminos separados y desear lo mejor.

Una relación sana entre agencia y cliente no se sostiene solo con un contrato. Se sostiene con confianza, respeto, sinceridad, profesionalidad y una manera compatible de entender el trabajo.

Cuando eso no existe, el cliente tiene derecho a buscar otra agencia. Y la agencia también tiene derecho a no seguir trabajando con un cliente. No pasa nada. De hecho, suele ser lo mejor para ambas partes.

Elegir clientes no es soberbia, es una decisión estratégica

A veces se interpreta la elección de clientes como una postura arrogante. Como si una agencia dijera: “nosotros estamos por encima”. No lo veo así.

Elegir clientes es una decisión estratégica.Es entender que los buenos resultados no dependen solo de tener una buena campaña, una buena web, una buena estrategia SEO o una buena planificación de contenidos. Dependen también de contar con un buen producto, una empresa dispuesta a mejorar y una relación profesional basada en confianza.

Los resultados suelen ir de la mano cuando ambas partes reman en la misma dirección.

Por eso tiene sentido trabajar con clientes conscientes de las necesidades de sus propios clientes. Empresas con vocación de servicio. Negocios que quieran aprender desde la humildad. Proyectos que apuesten por la sostenibilidad y el cuidado del entorno. Personas que entiendan el turismo no solo como una herramienta para enriquecerse, sino como una forma de aportar valor, crear experiencias y contribuir a un mundo algo mejor.

El “why”, como plantea Simon Sinek, no debería ser una frase bonita para una presentación. Debería ser la raíz desde la que se decide qué se promete, cómo se trabaja, qué se mide y qué límites no se cruzan (Sinek, 2009).

No se trata de buscar clientes perfectos. No existen. Nosotros tampoco lo somos. Todos estamos aprendiendo. Se trata de buscar clientes con los que se pueda trabajar y apostar de manera consciente.

Sostenibilidad, propósito y coherencia no solo de fachada

En turismo hablamos constantemente de sostenibilidad, experiencia de cliente, reputación, digitalización y transformación. Pero todas esas palabras pierden fuerza si no se sostienen sobre una forma coherente de trabajar.

El greenwashing es un buen ejemplo. Hay empresas que utilizan la sostenibilidad como reclamo comercial, pero sin prácticas reales, sin medición, sin compromiso y sin cambios relevantes en su forma de operar. Además de ser éticamente cuestionable, puede acabar dañando la confianza del consumidor. La investigación reciente en turismo y hospitalidad viene señalando la importancia de la confianza verde, la credibilidad y la autenticidad percibida en la intención de compra turística sostenible (Alhomaid, 2025; Vu, 2025).

Por eso no todo vale para vender más. No todo vale para captar leads. No todo vale para llenar habitaciones. No todo vale para mejorar una campaña.

Si una empresa turística quiere hablar de sostenibilidad, debe trabajarla. Si quiere mejores reseñas, debe cuidar el servicio. Si quiere más reservas directas, debe mejorar su propuesta de valor. Si quiere automatizar la atención al cliente, primero debe entender qué necesita realmente ese cliente. Si quiere usar inteligencia artificial, debe tener claro para qué y al servicio de qué experiencia.

La tecnología puede acelerar una estrategia, pero no puede sustituir el alma de un proyecto.

El cliente no siempre tiene la razón, pero merece que seamos sinceros

Quizá esta sea la idea más importante. El cliente no siempre tiene la razón. Pero siempre merece una respuesta honesta y sincera.

A veces esa respuesta será un sí. Otras veces será un “sí, pero no así”. Otras será “todavía no”. Otras será “necesitamos validar esto antes”. Y algunas veces, sencillamente, será “no somos la agencia adecuada para acompañarte en este camino”.

La consultoría no consiste en decirle al cliente lo que quiere oír. Consiste en ayudarle a tomar mejores decisiones. Y eso exige criterio, independencia, método y cierta valentía profesional.

También exige humildad. Porque decir no no significa creerse mejor que nadie. Significa reconocer que hay proyectos, personas y formas de trabajar que no encajan.

En un sector como el turismo, esto importa todavía más. Si hablamos de hospitalidad, experiencia de cliente, sostenibilidad, cuidado del territorio y vocación de servicio, no podemos construir relaciones profesionales basadas en la opacidad, la presión permanente o la falta de respeto.

Si queremos un turismo mejor, también necesitamos empresas, agencias y profesionales que trabajen desde el cuidado, la honestidad y el propósito.

No basta con hablar de transformación digital, inteligencia artificial, reputación online o campañas de captación si después olvidamos lo esencial: las relaciones humanas, la confianza, la calidad del servicio y la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

Porque al final, en consultoría turística o de cualquier tipo, decir no también puede ser una forma de hacer bien tu trabajo.

Bibliografía y lecturas de apoyo

Alhomaid, A. (2025). Building Trust in Sustainable Journeys: The Interplay Between Green Marketing, Green Brand Trust and Tourism Purchase Intentions. Sustainability, 17(18), 8464.

Grandey, A. A., Dickter, D. N., & Sin, H. P. (2004). The Customer Is Not Always Right: Customer Aggression and Emotion Regulation of Service Employees. Journal of Organizational Behavior, 25(3), 397-418.

Heskett, J. L., Jones, T. O., Loveman, G. W., Sasser, W. E., & Schlesinger, L. A. (1994). Putting the Service-Profit Chain to Work. Harvard Business Review, 72(2), 164-174.

ICMCI. (2021). Code of Professional Conduct. International Council of Management Consulting Institutes.

IMC USA. (2026). Enforceable Code of Ethics. Institute of Management Consultants USA.

Mayer, R. C., Davis, J. H., & Schoorman, F. D. (1995). An Integrative Model of Organizational Trust. Academy of Management Review, 20(3), 709-734.

O’Toole, G. (2015). The Customer Is Always Right. Quote Investigator.

Sinek, S. (2009). Start with Why: How Great Leaders Inspire Everyone to Take Action. Portfolio.

Snopes. (2025). The Enigmatic Origins of “The Customer Is Always Right”.

UNWTO. (1999). Global Code of Ethics for Tourism. World Tourism Organization.

Vu, H. G. (2025). The Impact of Tourists’ Awareness of Greenwashing on Their Intention of Booking Green Accommodation Services: The Mediating Roles of Green Skepticism and Tourists’ Trust.

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Doctor en Turismo. CEO de la Agencia de Marketing Turístico Asiri Marketing. Experto en consultoría y diseño de estrategias de marketing digital.

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